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lunes, 10 de marzo de 2014

El diez de marzo de 1820

Como mostraba unos días atrás Alberto Ramos en su blog, a propósito de San Antonio, un grabado de época recogía así lo que fue una de las más indignas represiones de que fue objeto la ciudad de Cádiz en 1820.

    
 La víspera una multitud se había manifestado a favor de la nueva jura de la Constitución de 1812, lo que fue visto con malos ojos por un ejército que se consideraba leal a Fernando VII. Todo ello sucedía en medio de un clima revolucionario en el que se llevaba a cabo un nuevo intento de acabar con el poder absoluto del monarca. Así se había producido el levantamiento de Riego, mientras Quiroga aguardaba en San Fernando poder entrar en la capital gaditana.
     La mañana del día 10 las tropas acuertaladas en la Bomba deciden impedir la jura de la Constitución y, de acuerdo con otros batallones como el de la Lealtad, se dirige por el Mentidero y la calle Veedor hacia San Antonio. Allí los soldados empiezan a disparar contra la población que se arremolinaba en espera de la próxima celebración constitucional. Sin que pudieran preverlo, los soldados se dirigen a ellos, encañonándolos con sus fusiles, por lo que muchos corrieron a sus casas, otros lograron refugiarse en la iglesia de San Antonio y algunos en el café de Apolo. Los que no pudieron encontrar asilo en lugar seguro hallaron la muerte o resultaron heridos. El número de estos es difícil de averiguar, pero parece que alcanzó a medio centenar.
     Algunos datos más pueden leerse en la Historia de Adolfo de Castro, que acusa al otrora héroe de la Independencia, Freyre, de no haber previsto el descontento del ejército y no haber actuado con la autoridad y firmeza necesarias, aunque también acusa a otros militares como Campana, Valcárcel o, entre los revolucionarios indecisos, a Quiroga.
     Algunas de estas cuestiones las abordaremos en el próximo Congreso Internaciona Liberal «La represión absolutista y el exilio», los próximos días 6-8 de mayo.

viernes, 4 de mayo de 2012

Cafés.

Como recuerda muy bien Ramón Solís en El Cádiz de las Cortes, el café era una institución muy arraigada en el Cádiz del XVIII, aunque no creo que en esta ciudad fuera donde se inauguraran los primeros cafés. Parece, por el contrario, que el primero de ellos se inauguró en Sevilla en 1758, un siglo después de que se abriera en Oxford (1650) el primero europeo, seguido de los de Marsella (1661), París (1672) y Viena (1683). Venecia se pondría de moda a principios del XVII con cafés como El Florian (1720). En todo caso, el café sí evidencia el aire cosmopolita de la ciudad.
Las Actas capitulares del Ayuntamiento gaditano solo nos dan noticias a partir de 1770, aunque tratándose de arbitrios —impuestos— esto significa que pudieron existir antes; y, efectivamente, la Pensadora en el “Pensamiento XVIIº”, en que se trata “De la Sociedad”, (1763, t. II), hace referencia a estos locales y a una conversación, supuestamente mantenida en uno de ellos, acerca de los disparates de peluqueros, zapateros, tabaco y dados, únicas materias que son admitidas tanto en las charlas de cafés como de en las concurrencias de la “comedia y alameda”. La crítica que hace "La Pensadora" a los caballeros que asisten a estos lugares de esparcimiento es que solo ocupen su ocio en juegos de dados, demostraciones de baile, de agudezas, galanterías y conocimientos de modas y desdeñan todo ocio útil.          
Pocos años después es el sainetero Juan Ignacio González del Castillo quien en El café de Cádiz pone de manifiesto cómo para los hombres de su siglo este era un recinto eminentemente masculino. Los hombre suelen acudir a leer la prensa a informarse de sus intereses económicos y no acostumbran a permitir la entrada a mujeres. Por eso Frasquito, el empleado, trata de impedir a Manolo que entre en el lugar acompañado de dos majas. El oficial Narciso trata de interceder ante las damas haciendo comparecer al dueño del establecimiento, pero este rechaza su propuesta al asegurar que tienen una notificación y multa por haber desobedecido la orden que prohíbe que las mujeres entren en este tipo de locales. Narciso asegurará al dueño que él se hará cargo de la posible multa y Manolo entra en el café acompañado de Pepa y Curra. El arreglo no parece durar mucho, pues unos piropos de los usías a las majas dan lugar a una bulla que provocará la llegada de un Ministro de la Justicia, que terminará por imponer una nueva sanción al dueño del café. 
 Llegados los años de las Cortes, estos locales irán adaptándose a los nuevos usos sociales y ampliando sus servicios para tratar de atraer a mayor clientela. A la altura de 1810, los cafés son ya locales de éxito, frecuentados por una concurrencia que al tiempo que degusta el café pasa sus ratos de ocio entre chismorreos y anécdotas, como la que circula sobre la mujer de Napoleón:
           "Se ha oído en los cafés la anécdota de que Josefina dijo un día a Bonaparte que despidiese de su servicio al consejero de estado Treilhard, por ser un bribón. Si yo echase, respondió el francés, a todos los pícaros y bribones que me rodean, muy pronto dejaría de reinar: yo los desprecio, pero es necesario emplearlos" (24 de octubre). 
            No es difícil imaginar que la lucha contra el francés diera pábulo a todo tipo de rumores, chascarrillos y sátiras. Por otra parte, como indicaba antes, a medida que la afluencia de foráneos a Cádiz es mayor, los cafés, como cualquier otra tienda, compiten en ofrecer un surtido variado, atractivo y novedoso y los comerciantes se sirven de los cafés para acomodar mejor la venta de sus productos: 
            "Don Pedro José de Seras ha establecido en la Isla de León, calle de San José, la fábrica de aguardientes y licores finos que tenía en el Puerto de Santa María. Quienes gusten de ellos los encontrarán en Cádiz en el refino de la calle del Fideo, frente a la del Aire y en el café Petit Versailles" (11 noviembre). 
¡Magnífico nombre para un café con aspiraciones!
           Desde luego que es 1811 el año en que por la efervescencia de los debates de las Cortes y por la ansia del público por entretener sus ratos de ocio cuando la prensa nos da más información sobre los más afamados cafés, como el del León de Oro, situado en la calle Nueva, donde eran frecuentes las tertulias tras el almuerzo. El café del Comercio servía también de centro de reunión de muchos parroquianos que, alentados por el espíritu patriótico del momento, fueron capaces de reunir y donar 500 reales en favor del Hospital. No faltan noticias de otras iniciativas patrióticas similares protagonizadas por varios mozos del café de Cossi de la calle San Francisco.

            Pero sin duda el café más innovador fue el del Correo, que además de café, vendía "a dos reales de vellón la limeta de sidra, con la posibilidad de despacharla por mayor y menor al que la necesite (...) y de facilitarla fría.
           Se conoce que la nueva estación invita a propuestas más refrescantes, de modo que Francisco de Celis, dueño del "nuevo café del Correo, inmediato a San Agustín, en la esquina de Rosario y la calle de la Verónica", anuncia la  venta de "todo género de helados y líquidos fríos, que atraen a las señoras de esta ciudad.  Pocos días más tardes, un nuevo aviso anuncia la venta "a tres reales el vaso de mantecado y demás frutas, sorbetes helados y líquidos fríos". Aún más, se asegura que, "en el café del Correo, junto a San Agustín, entran señoras por todas sus puertas y por otra nueva en la calle del Rosario, junto a la antigua nevería mayor. Estará iluminado todas las noches, y no se despachará más que helados y fríos. Se vende nieve por mayor y menor".  
Lógicamente el verano debió facilitar la el consumo de estos refrescos y el café de Las Cadenas, no dudó en adoptar esta iniciativa, así que en el mes de agosto anunciaba la venta de cada vaso de sorbete de todas clases y líquidos a 3 rs. v[elló]n., y de agua de nieve con un panal o esponjado, a real de vn.
Quizás porque tales ideas dejaban de ser novedosas o bien porque la estación primaveral del año doce requería otro tipo de productos, su propietario anunciaba "a cinco reales libra por mayor y seis por menor, café molido con el secreto de su clarificación; a veinte reales cada botella de ron superior prueba de aceite. Se venden en el Café del Correo, todo de superior calidad. (28 de marzo de 1812).
           Según Ramón Solís, Francisco de Celis vivía en la calle del Rosario con su esposa, mayordomo, cuatro criadas y 23 mozos de café y señala Adolfo de Castro que su patriotismo había llevado a ofrecer a la Regencia acoger a 30 militares que hubieran quedado incapacitados, ofreciéndoles comida y 5 reales a cambio de los servicios que pudieran ofrecer.
          El caso es que estos cafés, además de centro de reuniones y tertulias, por ser locales tan frecuentados servían tanto de referencia para indicar la ubicación de otros establecimientos en calles adyacentes, como para dar razón sobre estos o recibir recados sobre diversos asuntos, de que se dan noticias abundantes en los periódicos de la época. 

Frente a algunos establecimientos cafeteros menos conocidos como el del Ángel, en la calle Santo Cristo o el de González Liennes, los más afamados eran el de Apolo y el de Orta, conocido como café de los Patriotas. Esta publicidad les ocasionó serios disgustos con la Inquisición que abrió una causa contra este último café, por las actividades que habían tenido lugar en el año 1813. También se interroga al dueño del café del Correo, José Rodríguez sobre las lecturas públicas de periódicos —principalmente varios liberales y exaltados—, por parte de José Bonhome, apuntador en el teatro del Balón, que obtenía así alguna pequeña remuneración o limosna que le ayudaba a mantener a su mujer y sus cuatro hijos.
          Afortunadamente hoy podemos gozar de buenas conversaciones, de interesantes tertulias, sin que la Inquisición venga a molestarnos. Como recordábamos anoche, día de la libertad de expresión en el Café de Levante que regenta la inquieta e incansable Teresa Torres, que ha organizado el ciclo "Mujeres en el café", para compensar tantos años de exclusión femenina, que aún se mantiene en otros ámbitos más elevados.

martes, 17 de abril de 2012

Tertulias que hacen Historia. Mañana nueva cita con la UCA

Algunos apuntes históricos:

Si solemos recordar las tertulias que celebraban el cura y el barbero en Don Quijote, lo cierto es que la Real Academia Española no incluye la palabra  hasta su edición de 1739 y con el sentido de «junta voluntaria o congreso de hombres discretos, para discurrir en alguna materia». También, como «junta de amigos, y familiares para conversación, juego y otras diversiones honestas»; así como, en su tercera acepción, el corredor que «en los corrales de comedias de Madrid» está más alto que todos los aposentos o desvanes. A continuación, al definir la voz tertuliano como «el que asiste o concurre a la tertulia con sus amigos, para divertirse», el Diccionario cita como ejemplo unos versos de Luis de Ulloa, recogidos en sus Obras de 1674, lo que evidencia la relación entre la conversación divertida y crítica, sostenida en un espacio privado, a veces con intención de comentar, sin exigencias de rigor alguna, las incidencias de una representación teatral. En cualquier caso, como sostiene Corominas, a fines del siglo XVII, el padre Diego Calleja recordaba a los que «por alusivo gracejo llamamos tertulios, que sin haber cursado por destino las Facultades, con su mucho ingenio y alguna aplicación suelen hacer, no en vano, muy buen juicio de todo».
La principal diferencia entre la tertulia y la academia es que, en este segundo caso, la reunión no suele ser tan espontánea, el discurrir de los temas suele estar prefijado y en ella participan miembros de cierto entendimiento en la materia, aunque a veces esta versara sobre asuntos literarios como la conocida Academia del Buen Gusto, que reunía la marquesa de Sarriá desde 1749 en su aristocrático salón de la calle del Turco de Madrid.  Más libre parece la tertulia fundada por Nicolás Fernández de Moratín en la década de los sesenta en torno a la madrileña Fonda de San Sebastián con el concurso de su hijo Leandro, Iriarte, Samaniego, Meléndez Valdés, Goya y otros, donde debatían sobre literatura, amores y toros, aunque parece que los temas de política no se tocaban, pues la crítica política circulaba clandestinamente.
Lo cierto es que este tipo de reuniones informales, generalmente ociosas, eran ya frecuente en estos años, como medio de entretenimiento lo que incluía la lectura de novelas, cuentos, alamanaques y otros libros de pasatiempo, según recuerda Nipho en su Novelero de los estrados y tertulias. Diario universal de las bagatelas  (1764). Las tertulias eran asimismo un medio informal de generar cierta opinión, tal como recogía ya el periódico Duende especulativo de la vida civil (1761). Aunque estos cenáculos solían ser eminentemente burgueses y ciudadanos, también eran frecuentes en el ámbito rural, lo que explica que Hilario Santos Alonso publicara en 1768 la Tertulia de la aldea, una publicación popular compuesta por diferentes «Pasatiempos», en los que se contienen los relatos que en casa del vecino Terrones se contaban el cura, el médico, el hidalgo y el barbero. Entre estos cuentos, chistes o sucesos jocosos e historias para ser narradas al calor de la lumbre, se hallan, por cierto, algunas historias abreviadas extraídas del Quijote.
Por estos mismo años, los periódicos son conscientes de que parte de su éxito se funda en ser leídos y comentados en las tertulias, como recuerda la Pensadora gaditana (1763) o el Correo de los ciegos (1787). Este último periódico, en el mes de octubre de ese mismo año se hacía eco, precisamente, de la elevación, «por los individuos de la tertulia de la Marquesa de Santa Cruz de Aguirre, del primer Globo aerostático que se ha visto en esta Ciudad de Plasencia».
La tertulia en el XVIII también está relacionada con la costumbre del café, y las reuniones en botillerías y tabernas. De lo primero, se hace eco la colección de relatos El Café (1792), de Alejandro Moya, mientras de la costumbres de mantener las tertulias con la asistencia libre de los cortejos –acompañantes de mujeres casadas- da cuenta la obra Vicios de las tertulias y concurrencias del tiempo; excesos y perjuicios de las conversaciones del día llamadas por otro nombre cortejos … (1785) de Gabriel Quijano.
Es sabido que, en Cádiz, algunas mujeres presidían sus propias tertulias literarias, caso de Mª Gertrudis de Hore, la Hija del Sol, o de puro entretenimiento como recoge el periódico del Barón de la Bruère, Correo de las Damas (1804, 183). También las recrea el sainetero Ramón de la Cruz en La disputa en la tertulia (1753) y el gaditano Juan Ignacio González del Castillo en su sainete El Café de Cádiz, donde concurren algunas mujeres, lo mismo que en otros pinta la asistencia frecuente de las mujeres a las reuniones mantenidas en las tabernas, a pesar de la prohibición de Carlos IV.
A finales del XVIII eran conocidas las tertulias mantenidas por Frasquita Larrea y Juan Nicolás Böhl de Faber –de quien, según Adolfo de Castro, González del Castillo fue maestro de español- y no dejaron de frecuentar las mantenía la madre de Juan Nicolás y los amigos en su viaje a Alemania, como de reanudarlas después en Cádiz, cuando regresó toda la familia menos el hijo mayor en 1814. Lo que resulta casi imposible es que Frasquita las mantuviera por mucho tiempo durante los años de las Cortes, pues vivía en Chiclana con su madre e hijas pequeñas hasta que, gracias a un salvoconducto del general Villate –a quien había tenido que alojar por fuerza-, pudo pasar por unos pocos meses a Cádiz, mientras veía la forma de reunirse con su marido e hijos mayores, entre ellos Cecilia –la futura Fernán Caballero-, en Alemania, lo que haría en junio de 1811, fecha en la que también dejó Cádiz la liberal Margarita de Morla. En este sentido, si Alcalá Galiano no equivoca las fechas, fueron unos pocos meses de la primavera de 1811 cuando pudieron coincidir las tertulias de ambas mujeres. La relación más fuerte –y bastante tensa- de Alcalá Galiano con el matrimonio Böhl de Faber fue posterior, a partir de 1814. 
En estos años del Cádiz de las Cortes, sí que eran famosas y hay más numerosos testimonios de las mantenidas por la marquesa de Pontejos –donde se jugaba al monte-, las del regente Agar, la del obispo Nadal o las que radicaban en los cafés de Apolo, el Correo, El León de Oro, las Cadenas, o en la tienda de vinos «La Taconera». Sea como fuere, lo cierto es que a parte de la conversación informal, del juego y los bailes, la tertulia política adquirió su mayor dimensión en esta ciudad y en estas fechas, amparada por el decreto de libertad de imprenta y al calor de la opinión pública que se alimentaba tanto de la publicación de libros y folletos –que se encontraban con facilidad en las más de veinticinco librerías y numerosos puestos de papeles públicos-, como de pasquines y rumores mantenidos en plazas y calles, como recordaba en su sección Calle Ancha el Redactor General y luego El Conciso.
La Isla de León (actual San Fernando) también era escenario de otras reuniones quizás menos conocidas, como la que mantenía la portuguesa Carmen Silva y su pareja el médico militar Pedro Pascasio Fernández Sardinó en la población de San Carlos.
Como homenaje a esta libertad de opinión y de expresión política, del interés por estar bien formado e informado como recordaba el propio decreto de libertad de imprenta –y, aún antes, desde 1808, el Semanario patriótico de Manuel José Quintana–, y como medio distendido de hacer historia, deshacer tópicos y recordar que lo que se vivió en Cádiz fue extraordinario, pero no único, nacen estas Tertulias que hacen historia, donde se abordarán temas diversos que dan cuenta del esplendor artístico y cultural que se encierra entre sus murallas.

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Las tertulias podían ser diarias, semanales o no tener periodicidad fija. Como queremos que estas Tertulias que hacen historia no sean demasiado formales, pero sí sean un éxito y un placer para los concurrentes las anunciaremos con la antelación debida y buscaremos un espacio privilegiado que sea muestra del patrimonio artístico y cultural de la ciudad, especialmente el que se halla en manos de particulares, que lo atesoran con reverencia a su pasado y protegen con el mimo que merecen.
Esperemos que, tal como se sugiere en el título del ciclo, sea una experiencia histórica.
En este blog seguiremos ampliando información sobre este ciclo y cuantos temas tengan que ver con él.

Próxima convocatoria:





– «Teatro y música». 

Miércoles 18 de abril a las 19 horas, en la Casa de los Cinco Gremios (Ancha 16).



IMPORTANTE

Cómo asistir:

·         Al ser el aforo muy limitado se ha habilitado un sistema de inscripción gratuita (riguroso y automático orden de llegada)  a través de la web: http://celama.uca.es/2011premcon/solicitudes/tertulias que estará operativo desde las nueve de la mañana del jueves 12 de abril de 2012.

·         Una inscripción por persona.

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 Si carece de internet puede hacer esta inscripción telefónicamente en el 956015800.
            Más información AQUÍ
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