Varias personas que han leído ya esta biografía me comentan su interés por el paisaje gaditano que se dibuja en él. El Cádiz del siglo XVIII que aparece al fondo de «Emporio del orbe, Cádiz ilustrada», aquella ciudad donde convivían «Suecos, alemanes, vascos e irlandeses», entre miembros de otras naciones, es en buena parte protagonista de la primera parte del libro «Una familia y una educación cosmopolitas (1770-1815)». Cádiz y Chiclana son escenarios del «Noviazgo y matrimonio» de Frasquita Larrea y Juan Nicolás Böhl Lütkens, que dejan atrás en 1796 para viajar a Suiza primero y luego a Alemania donde residía la madre de Juan Nicolás, Cecilia Lütkens, con su segundo marido, Martin von Faber, y también los hermanos de Juan Nicolás, Fritz —como llamaban a Friedrich— y Cecilia, que casó con con Bernhard Philipp Berckemeyer.
Chiclana es también el entorno de «La niñez gaditana de Cecilia» y será el lugar de referencia para aquella niña que, junto a sus padres y a su hermano Juan Jacobo, abandonó la ciudad del río Iro, camino de Alemania, en el viaje que emprendieron en 1805, cuando Juan Nicolás volvía a soñar con instalarse en su tierra natal. A aquel viaje no fueron doña Javiera, la madre de Frasquita, ni las niñas Aurora y Ángela que permanecieron con esta abuela en Chiclana. En 1806, Frasquita, convencida de que los planes de Juan Nicolás para afincarse como hacendado agrícola eran una realidad inminente, decidió abandonar Alemania, donde no se encontraba a gusto, y volver con su madre y las hijas menores. Esta separación marcó la niñez de Cecilia que vio, además, cómo su padre, al quedarse sin la institutriz que se hacía cargo de ella y que sus labores de hacendado le impedían educarla como era debido, decidió que ingresara en una pensión francesa en Hamburgo regida por una dama procedente de un colegio de Saint Cyr.
Mientras, en Chiclana la invasión del ejército napoleónico sorprendió a Frasquita, a su madre y a las niñas y, en el curso de aquellos años de separación pactada —el matrimonio se intercambiaría cartas con noticias de los niños desde Chiclana al Mecklemburgo, donde estaba la finca de Juan Nicolás, y viceversa—, Frasquita tuvo que resignarse a hospedar en su casa al general Villate. Precisamente fue él quien facilitó el salvoconducto e incluso las acompañó hasta el límite que separaba a los ejércitos contendientes, para que pudieran iniciar el regreso a Alemania. Llegadas a Cádiz, en 1811, y solo por unos pocos meses, coincidieron las famosas tertulias de Frasquita Larrea y de Margarita de Morla, pero, en el mes de agosto Frasquita consigue iniciar el viaje que, desde Londres, posibilitaría la reunificación familiar en Alemania. Esta primera parte del viaje se alargó durante casi un año por la muerte inesperada de la abuela Javiera, así que Frasquita tuvo que superar aquella pérdida y continuar aquel periplo sola con sus dos niñas.
Después de muchas vicisitudes los Böhl Larrea, a excepción de Juan Jacobo que se había convertido en un hacendado agrícola, consiguieron regresar en el verano de 1813 a Chiclana, pues la fiebre amarilla asolaba Cádiz, donde finalmente se instalarían en 1814.
| Cádiz. Fundación Joly. |
Los cambios de domicilios fueron frecuentes en la vida de Cecilia y no precisamente de calle, sino de un país a otro. Cecilia se casará en abril de 1816 con el militar Antonio Planells, cuando aún no había cumplido los 20 años y, en contra de la voluntad de su madre, seguirá a su marido a Puerto Rico. Allí murió Planells, al cabo de poco más de un año de matrimonio y durante otro año Cecilia padeció una enfermedad tal vez a un tiempo física y mental. Por fin, en 1818 la joven viuda regresó a la casa de sus padres. Al verano siguiente Juan Jacobo vino a recoger a su hermana para llevarla a Alemania donde la esperaba la abuela Cecilia Lütkens, que trató de aliviar el dolor de la joven. Viajes, y tertulias, fueron algunos de los remedios con que trató de distraerla. Cuando regresó al cabo de un año, la estaba esperando el que sería su segundo marido, Francisco Ruiz del Arco, primogénito del marqués de Arco Hermoso, que era a un tiempo militar y hacendado, con una finca en Dos Hermanas, con quien se instalaría en Sevilla.
La vida de Cecilia fue larga y azarosa, y solo durante este segundo matrimonio empezó a escribir, seguramente espoleada por su encuentro con Washington Irving —esa es la tesis que sostengo en mi libro—, pero, aunque sabemos que escribió varias obras en la década de los 30, ninguna de ellas vio la luz hasta que su madre decidió enviar el relato «La madre o El combate de Trafalgar», a la revista El Artista, donde se publicó precisamente en el mes de octubre de 1835, 30 años después de aquel singular acontecimiento, que sirvió a Galdós para iniciar sus Episodios Nacionales. El relato se publicó bajo las siglas C.B., esto es Cecilia Böhl y una nota de los editores de la revista advertía que era obra de una pluma femenina, algo excepcional —aseguraban— en el panorama literario español.
Desde entonces hasta 1849 en que se publicaron La Gaviota y La familia de Alvareda, bajo el seudónimo Fernán Caballero, habían pasado 15 años en los que Cecilia tuvo tiempo de volver a enviudar, tener un amor con un caballero inglés, casarse por tercera vez, en esta ocasión con un abogado aficionado a la pintura, 18 años más joven que ella, perder a sus padres, ver mermar su pequeña fortuna y trasladarse a Jerez donde el matrimonio se relacionó con la sociedad bodeguera del lugar, instalarse después en El Puerto y más tarde regresar temporalmente primero a Chiclana, mientras su marido se desempeñaba como cónsul en Sídney, y luego instalarse en Sanlúcar, hasta que finalmente, convertida ya en una afamada novelista, que seguía amparándose en su seudónimo masculino para proteger su intimidad, consiguió de Isabel II y su marido Francisco de Asís, que se le concediera instalarse en unas habitaciones del Alcázar de Sevilla. Esta felicidad soñada duró poco y se vio agostada por el suicidio de Arrom en Londres, en 1859.
Pero como decía la propia Cecilia, ella estaba hecha al dolor y al sufrimiento y vivió 18 años más, hasta 7 de abril de 1877, en los que gozó y sufrió como mujer y como autora. Esto años fueron menos intensos, pues desde que con 63 años Cecilia quedara viuda por tercera vez, se dedicó casi enteramente, aunque no solo, a cuidar de una producción literaria que ya había tenido la consideración excepcional de ver publicada como Obras completas. Ya no regresó a Cádiz sino excepcionalmente a ver a su hermana Aurora, viuda ya de Tomás Osborne, en El Puerto o a visitar a sus amigos sanluqueños. Sin embargo, aunque vivía en Sevilla, rodeada de su amistades, Cádiz y su provincia, también Jerez, de donde era el joven Luis Coloma, siguieron en su corazón y en su literatura, hasta que le llegó la muerte, cuando tenía 80 años de edad.









