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sábado, 14 de abril de 2012

Música en las Cortes de Cádiz. El año de 1812. Música ceremonial y en veladas particularres Apuntes IV

Habíamos dejado el repaso sobre la escena musical y teatral de 1812 en la utilización de la música en las ceremonias de legitimización del nuevo poder y la presencia de la música en las reuniones privadas.

Respecto al primer aspecto, la música es parte principal de la función del 19 de marzo de 1812, conformada por el monólogo La Patria declamado por la afamada actriz Agustina Torres, un Himno en loor de la Constitución, las Profecías de Daniel, oratorio sacro en tres actos, una Obertura patriótica y una Contradanza alegórica en el Templo de la Fama, todo ello con el teatro iluminado, como indica el aviso (p. 324). 
La información de El Conciso (nº 19, p. 8), más completa, indica que el monólogo tendría intermedios de música y una decoración con figuras alegóricas, cuya explicación se dará impresa al público. De la obertura patriótica añade que está arreglada por Benito Pérez, y que la contradanza era del Sr. León.
Este mismo periódico informa que en los días 24, 25 y 26 (El Conciso nº 27 de junio de 1812, p. 5) en celebridad de la publicación de la Constitución la compañía cómica del teatro colocó el primer día una lápida de mármol negro sobre la portada del teatro, acompañándose de iluminación y «brillante música militar» (dirigida por el acreditado profesor Fornells). El día 25, función de Iglesia, con Orquesta, en la del Carmen, con predicación del Magistral Cabrera. «Por la noche se repitió la música e iluminación del día anterior». Por lo que se refiere al día 26:

los actores dieron en el Teatro iluminado la 1ª representación de la tragedia nueva en 5 actos Roma libre, precedida de una grande sinfonía y del prólogo La libertad y seguida de la opereta en un acto,  Quien porfía mucho alcanza y de Bolera a 3. (…). Concluyó la celebridad con la música marcial e iluminación de la portada del teatro como en noches anteriores (p. 6)

El Diario Mercantil trae también la noticia el 8 de junio de 1812 del relato del baile en memoria del aniversario de la batalla de la Albuera.
Algo de liturgia similar tuvo la función del 2 de mayo de 1813, según indica El Redactor General:

En celebridad del Dos de mayo:
Iluminación. Sinfonía a gran orquesta. El sueño (pieza en un acto), Quien porfía mucho alcanza (opereta en un acto).- El marido desengañado (sainete).- La elección de la sultana (baile).

Por la noche baile público, bajo el mismo sistema de policía que los anteriores (Redactor General nº 687, p. 2772).

Aunque no se menciona la causa, la cartelera del día 30 de mayo del mismo año, día de San Fernando y, por tanto, como todo el mundo sabía, onomástica del rey, apunta a una función conmemorativa:

Iluminación. Sinfonía a gran orquesta. La viuda de Padilla (trag. En 5 actos), terceto, que bailarán las Sras. Mexia y Vives con el Sr. Luengo.- El criado fingido, (opereta en un acto) (Diario mercantil, 30 de mayo).

En fin, la música servía para conmemorar victorias, celebrar el día de la Constitución, la onomástica del rey y cuantas festividades solemnes pudieran subrayar el nuevo poder constituido.

Por lo que respecta a la música en salones y casas particulares, las noticias sobre el caso gaditano son escasas, aunque pueden rastrearse algunas en las páginas del Diario mercantil, así como en El Conciso y El Redactor General. A este propósito, en la casa inglesa de tertulia, se anuncian bailes el 12 de mayo de 1811, incluso el 24 de enero de 1813 se anuncia la relación de bailes que se dan en el teatro nuevo del Balón. El 10 de junio de 1812 se anuncia la pérdida de pañuelo en el baile de la casa del Sr. Embajador de Inglaterra.
Pero de la efervescencia musical que se vivía en la ciudad pueden dar idea también los avisos que publicaba la prensa. 
El 11 de diciembre de 1810 el Diario mercantil anunciaba venta de piano, y el 13 de mayo de 1811 la de un clave o fortepiano, el 25 de septiembre se avisa de la rifa de un piano, el 28 de junio de 1812 anuncian la venta de fortepiano inglés. Además, el 23 de febrero de 1811 se notificaba la venta en casa de los Cleman en la calle San Francisco, frente al café de Cossi, de «El sueño de mi amor, con música de Mariano Ledesma» una de las 6 canciones españolas, en esta ocasión sobre letra de Darrac, y el 4 de octubre de 1812 se anuncia que en la librería de Hortal se vende todo tipo de género para el aficionado a la música.  Por su parte, El Conciso de 13 de marzo de 1810 anunciaba en la librería de Niel de la calle San Francisco la venta de toda suerte de música y canciones para canto con acompañamiento de piano y de guitarra.Más adelante, cuando las Cortes se trasladen a Madrid, las librerías gaditanas aún seguían recibiendo canciones y partituras (Gaceta de Madrid nº 93, de 2 de julio de 1814).  
Hay que tener en cuenta, además, que en academias con la de la calle del Rosario, se enseñaban, primeras letras, retórica y poética, idiomas y «música en toda su extensión», materia que también enseñaban algunos profesores que acuden a las casas a educar a sus pupilos, como el que se anuncia en el Diaro mercantil de 3 de abril de 1812. En el Dictamen y proyecto sobre el arreglo general de la enseñanza pública, la de la música formaba parte de la enseñanza universitaria, que debía impartirse en  universidades mayores o en academias particulares. A este fin, se preveía la creación de una Academia en Madríd y otras dos similares en México y Lima, y se proponía la concurrencia de profesores extranjeros para la mayor especialización y mejora.
Luego durante el trienio, se publica el Prospecto de la escuela filarmónica establecida en Cádiz con certificado de introducción, concedido por las Cortes Generales ordinarias; abierta para la enseñanza pública bajo el nuevo sistema de DonJuan Bernardo Logier y dirigida por los Sres. D. Sixto Pérez y Don Cayetano Peichler (Imprenta de Carreño, calle Ancha, 1822). Un año más tarde, se imprimieron en Cádiz Los Juegos músicos, de Joaquín Sánchez de Madrid, autor también del Nuevo sistema músico-teórico-físico-matemático, en el que se encuentran algunosprincipios de instrumentación (Cádiz, 1932). Un aporte que tardaría en cristalizar hasta la creación en 1859 de la Academia Santa Cecilia, precedente del Conservatorio actual.
            Además de que en estos momentos era frecuente que Cádiz acogiera a numerosos actores y músicos -especial relación con la ciudad tuvo Ramírez de Ledesma, cuyas canciones se basaban en aires populares como el polos, zorongos, tiranas, cachuchas y fandangos -uno,  entre los miles de españoles que se refugiaron en la ciudad- y, en el lado francés, Fernando Sor, que estuvo destinado en Jerez. También estuvo en Cádiz Federico Moretti, aunque en los años de la Independencia se hizo famoso sobre todo por su actuación como militar. Moretti conocería aquí a Wirmbs, con el que luego en Madrid, estableció un taller de calcografía musical.
           En Cádiz destacaron también músicos gaditanos como Mª Dolores Estapar Bobit y, particularmente, Francisco de la Iglesia Darrac. Mª Dolores, hija de un militar, puso música con acompañamiento de pianoforte a El Eco de Freire Castrillón y algunos años más tarde publicaría, junto con una cavatina de la ópera El Barbero de Sevilla , una colección de valses para pianoforte, dados a la imprenta en Madrid (1817) por Bartolomé Wirmbs, director del establecimiento de grabado y estampado de música, bajo la protección de la Real Sociedad Económica Matritense [2].
          Darrac merece una entrada aparte, pero baste aquí recordar que  este entendido en la cría caballar, director de la Real Academia de Equitación militar y constructor de la plaza de toros de la ciudad, fue autor de El dia de la Nacion Española : ó el Dos de Mayo / cancion patriotica por Don Francisco de Laiglesia y Darrac ... ; puesta en Música por D. Mariano de Ledesma .. , Cádiz , 1810 (en la imprenta de Don Nicolas Gomez de Requena), así como de la «Canción del soldado español en el campo de batalla», que se cantó en el teatro el 19 de noviembre de 1809, en honor de la llegada del gobernador Venegas y se puso a la venta «con su música correspondiente para piano, guitarra y flauta» en la tienda de Gómez de Requena, impresor real y también del Diario mercantil de aquellos años.
En fin, estos son algunos apuntes que, desde luego, habría que completar, pero que dan cuenta de la afición teatral y musical que existía en Cádiz y que habría que contextualizar en el ambiente musical europeo.
Para empezar, habría que tener en cuenta también, como he señalado en otras ocasiones, que los salones de bailes eran frecuentes en la ciudad, antes de 1808, como el que existía en la calle San Rafael, que contaba además con una sala para café, atendido por el luego famoso José Cossi, como se aprecia en el siguiente aviso de 1807:


Como puede comprobarse, el gobierno los permitía pues contribuía a sostener la economía de algunos hospitales como el del Carmen.

Mucho más habría que hablar de los bailes, pero queda para otra ocasión.



Marieta Cantos Casenave, «La Conjura de Orfeo. Música en tiempos de guerra (1808-1814)», en España contemporánea: Revista de literatura y cultura, ISSN 0214-1396, Tomo 21, Nº 2, 2008 , págs. 67-80.


jueves, 12 de abril de 2012

El baile en los sainetes de González del Castillo. Fandangos, jaleos, zorongos...

Además de lo comentado en la entrada anterior, cabe recordar que González del Castillo nos ofrece testimonio de cómo en la época en que él escribió estos sainetes, el baile había salido ya de las casa y patios particulares, para celebrar sus ritos no sólo en las ferias, sino también en tabernas y ventas. De ello da fe, por ejemplo, el sainete titulado El soldado fanfarrón, que pasa de una casa pobre, donde se celebra un jaleo con motivo del santo de Tomasa, en la primera parte, a un ventorrillo situado en las Puertas de Tierra, en la segunda, donde acompañado de guitarra, castañuelas y pañuelos, se va a bailar el zorongo. 
            Ciertamente, tanto «fandango» como «zorongo» o «jaleo», además de aludir a unos bailes particulares, suelen aparecer como designaciones de toda fiesta donde se canta y baila cualquier tipo de danza de las que luego entrarán a formar parte de las que se encuadran en la llamada escuela bolera, es decir, todas las que, acompañadas de palillos, tiene su principal contenido en las seguidillas y el fandango; esto es el bolero, la cachucha, el jaleo, el zorongo, el ole, las playeras, y los zapateados, entre otros[1], de los que también encontramos numerosas referencias en sainetes como El maestro de la tuna, El soldado fanfarrón, El triunfo de las mujeres, Los zapatos, El recibo del paje, y La feria del Puerto.
            Blas Vega nos cuenta que el zorongo se incorporó como baile a la tonadilla escénica, y que la primera mujer que se distinguió en este baile fue Mariana Márquez, cuarta dama, en 1794, de la compañía de Manolo Martínez. También nos informa de que el zorongo era un velo de muselina de Indias, que caía hasta los pies, y estaba fijado a la cabeza de la bailarina por una ancha peineta[2]. Gaditano es el zapateado del que existe también referencia en un sainete de González del Castillo, Los majos envidiosos, y su acompañamiento a la guitarra –afirma Blas Vega- es el mismo del tanguillo carnavalesco gaditano.
            Respecto del ole, se considera, junto al jaleo, como antecedentes de la soleá, y jaleo gitano-flamenco estaría, en opinión de Eulalia Pablo Lozano, en el origen de la bulería[3], que resulta de acelerar el ritmo de la soleá. El lole como también se le nombra es fundamental en el sainete Los caballeros desairados, pues Isabel, hermana del Marqués, aprende el ole, además del zorongo, con la «trigueñita» Juanita, para así mantener el nombre que tiene en Cádiz de «salerosa». Isabel ha aprendido a «repicar» los pies, «poner levantadas las manitas y dar vueltas»; un aprendizaje que desde luego apenas tiene que ver con el desparpajo que usa la maja Curra en su baile, gran aficionada, «zoronguera», según nos dice Simeón:

Simeón.          Mucho; me mantengo en ello,
                        pues desde que Dios arroja
                        sus luces, se arma el jaleo;
                        se araña la guitarrilla,
                        comienza el repiqueteo
                        de los palillos y sale
                        a todo trapo ese cuerpo
                        dando continuos balances,
                        levantando y sumergiendo
                        toda la popa, de modo
                        que para tener los huesos
                        tan süaves es preciso
                        que se los unte con sebo[4].

Evidentemente, este balanceo picante de la bailaora[5] nada tiene que ver con un baile académico, sino con una ejecución desenvuelta propia –creo- de una andaluza gitana o agitanada, plástica y sugerente descripción del zorongo, uno de los bailes flamencos más populares, cuya interpretación, como por otra parte ha señalado Teresa Martínez de la Peña, suele reservarse a los gitanos.

No comparto el juicio de Ángel Álvarez que en su libro El baile flamenco, rechaza que el zorongo que se menciona en los sainetes de González del Castillo pueda ser una primera muestra del arte flamenco, en los siguientes términos:
            Dudo que ese zorongo fuera flamenco, porque hasta finales del siglo XVIII no tenemos constancia de que existiera el cante, y todo hace pensar que el baile surgió más adelante.[6]

Como acabamos de ver, González del Castillo evidencia lo contrario. Otra cosa es considerar si estos bailes son flamencos, si limitamos el flamenco a la interpretación artística de una serie de cantes y bailes populares.
            Efectivamente, no tenemos noticia de que la Curra sea el nombre de ninguna bailaora más o menos profesional, claro que tratándose de finales del XVIII hay que tener presente que aún se sabe muy poco de estas compañías de baile que fueron especializándose en boleras, oles, playeras, zapateados y jaleos, como sí que se conocen datos de ellas, a partir de la década del cuarenta del siglo XIX. Aunque sí hay excepciones como la de Manuela Morales, muy aplaudida hacia 1796.
             Pero sobre esta cuestión volveremos otro día.




[1] Cf., A este respecto puede consultarse, Blas Vega, J., «La escuela bolera», Historia del flamenco, pp. 43-54.
[2] Ibídem. Es el tipo de la gitanotonadilla que menciona Wilhelm von Humboldt en su estancia gaditana. Cf., op. cit.
[3] Eulalia Pablo Lozano, «Jaleos», en Historia del flamenco, pp. 55-71.
[4] Sainetes, p. 202.

[5] El movimiento sinuoso de la danza convierte a la bailaora en un personaje de gran atractivo, en este sentido fue objeto de interés de Estébanez Calderón y de otros escritores nacionales y foráneos Estébanez alabó la gracia de estas bailaoras en La rifa andaluza, El bolero, La feria de Mairena, y Un baile en Triana. Juan Valera puso de relieve los valores de Lola Montes, a la que califica de «excelente bailarina»; cf., Obras completas, Aguilar, Madrid, II, 1958, p. 1099. Bécquer elogió a «La Nena» en un artículo de ese mismo nombre, donde se preocupaba por la pureza y originalidad del baile frente a las influencias de los espectáculos franceses; cf., El Contemporáneo del 30 de marzo de 1860, reproducido en Obras Completas, Aguilar, Madrid, 1954, pp. 743-744.
                Por su parte, el barón Davillier -lo mismo que otros viajeros extranjeros- asistió encantado a diversos bailes en Sevilla y elogió igualmente a bailaoras boleras, especialmente a la Campanera; cf., Viaje por España. Castilla, Madrid, 1949, p. 456.
Teresa Martínez de la Peña, Teoría y práctica del baile flamenco, Aguilar, Madrid, 1969.
[5] Ángel Álvarez Caballero, El baile flamenco, Alianza, Madrid, 1998, p. 17.

lunes, 9 de abril de 2012

Las mujeres en los años de la Guerra de Independencia y Cortes de Cádiz

Como en tantas otras etapas de la historia, la participación de las mujeres tanto en el campo de batalla como en la guerra de opinión que se desata durante la Guerra de Independencia y la revolución liberal de las Cortes de Cádiz ha sido prácticamente anulada. 
Apenas unas imágenes de la mítica Agustina de Aragón, o de María Agustí, algunas menciones a otras heroínas de Zaragoza o Madrid han bastado para tratar de cubrir su actuación en las distintas exposiciones y actos conmemorativos relacionados con los Bicentenarios del 2 de mayo, de los Sitios de Aragón o del Bicentenario de la Constitución de 1812.
Si bien es cierto que los catálogos de algunas otras como la comisariada por Juan Sisinio Pérez Garzón en Zaragoza o la coordinada por Juan Francisco Fuentes en Madrid, han realizado aportaciones interesantes.
Como también fue sin duda novedoso el libro colectivo coordinado por Irene Castells, Mª Cruz Romeo y Gloria Espigado, Heroínas y patriotas, mujeres de 1808.




Sin duda, debemos seguir contribuyendo a rescatar la memoria de aquellos años y particularmente la de las mujeres, aún desconocida para el gran público.
De eso precisamente tratará mi conferencia  «Del cañón y la pluma, una visión de las mujeres en los años de la Guerra de la Independencia y Cortes de Cádiz», dentro del ciclo organizado por la asociación Amigos del Museo de Albacete.


Espero que las expectativas generadas queden satisfechas. 
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