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domingo, 19 de agosto de 2012

Café Royalty

Cádiz cuenta ya con un nuevo café que seguro hará las delicias de quienes ingresen en su exquisito salón, rodeado de espejos y yeserías neobarrocas.
          Su propietario, Kiko de la Serna, ha procurado que todos los detalles sean de la época -estantes y vitrinas procedentes de un estanco de la calle Ancha-, puertas de caoba y cristal grabado al ácido con pomos de bronce -traídos de un hotel inglés- techos con frescos recuperados de un palacio de Sanlúcar o recreados por un artista.



          La intención de su dueño es dotar a esta ciudad de un lugar de encuentro, al estilo de los que tuvieron las ciudades europeas que más brillaron culturalmente entre mediados del XIX y principios del XX. El aroma y la calidez de un café servido en tazas de porcelona inglesa, depositadas sobre mesas de caoba, seguro que propiciarán una experiencia inolvidable que invitará a repetirla. Y no sería de extrañar que pronto surgieran algunas tertulias en este marco incomparable.
Tertulias como las que se sostenían y se sostienen en la taberna de La Manzanilla, regentada en los 80 por D. Miguel, hoy por su hijo Pepe, a cuyo establecimiento acudía por cierto, en compañía de su señora, Ángel, el dueño de la ferretería que estaba precisamente en el local en que pronto abrirá el nuevo café. 
          En un rincón de la plaza de Candelaria, esquina con Obispo Urquinaona, Cádiz contará así con un nuevo estímulo para que nos sintamos orgullosos de nuestro patrimonio y de quienes apuestan por él. Esperemos que los gaditanos sepamos apreciar este esfuerzo y este amor por la ciudad y empecemos entre todos a cuidarla mejor.

Otros detalles en el artículo de La Voz de Cádiz

jueves, 9 de agosto de 2012

Plaza de las Nieves. Callejero del Doce

La Plaza o plazuela de las Nieves (hoy Mendizábal) se llamó en otro tiempo de Clemente de Aguiñiga, que en 1624 fue regidor interino, tras el fallecimiento de su yerno Nuño Núñez de Villavicencio Negrón.
Según Adolfo de Castro se llamaría de las Nieves por una imagen de la Virgen de las Nieves que estaba pintada en una pared de dicha plazuela.
En la plaza de las Nieves nº 121 estaba el café de Las Cadenas, propiedad de doña Josefa Martínez, viuda de don Benito Gullón, y de su socio Carlos Amedey. Más adelante doña Josefa quedaría como única propietaria, según Ramón Solís. Era llamado también café del "Señor don Quijote", por unos tapices que colgaban de sus paredes. Parece que en el alojamiento contiguo al café se hospedaba Bartolomé José Gallardo.
Junto al café existía también un almacén donde, entre otras viandas, se vendían chorizos superiores de la Algarrobilla.
No se debe confundir esta plaza con la del Pozo de las Nieves, actual de Argüelles, quien vivió enfrente de donde tuviera el general Solano una casa.

martes, 31 de julio de 2012

Callejero del Doce. Calle del Puerto

Según noticias de Adolfo de Castro. Se llamó primitivamente calle de San Pedro y luego de los Peláez y de la Cruz del Dorado o del Dorador. En 1705 tenía el nombre de Santa Catalina del Puerto y Del Puerto solamente.
En el nº 54 tenía su casa en 1811 Tomás Fleming, quien vendía vinos en botas y barriles para consumo general y para extracción. En dicho número también existía una oficina de la comisaría general británica.
En el verano de 1812 vivía en el nº 61 de esta calle, esquina a la Alameda, un editor del Diario mercantil, que se quejaba de los autores que enviaban sus artículos comunicados firmados solo con las iniciales, cuando era ya obligatorio bien firmarlos con nombre completo o bien dar a conocer la identidad a los editores, a fin de que estos no resultaran perjudicados cuando la autoridad consideraba que el artículo de opinión se sustentaba en rumores y no en datos fundados. También el decreto de libertad de imprenta -aunque algunos quieran hoy sustentar lo contrario para seguir haciendo de su despropósito un sayo- imponía sus limitaciones y hacía a los editores responsables subsidiarios.
En la actualidad se conoce como calle Zorrilla, aunque algunos establecimientos siguen conservando en su nomenclatura el original "Del Puerto".

domingo, 22 de julio de 2012

Callejero del Doce. Algunos datos más sobre la calle Amargura.

En una entrada anterior sobre la calle Amargura, indicamos algunas pistas sobre algunos diputados que, como Capmany vivían en esta calle.
Alberto Ramos nos aporta datos sobre otros representantes que se alojaron igualmente en esta transitada vía. Es el caso del diputado por Asturias, Alonso Cañedo, que ocupó una vivienda en el nº2, o José Mª Rocafull, diputado por Murcia, que tuvo su domicilio en Amargura 87, próximo por tanto a Capmany, Bastasar Esteller, representante electo por Valencia, vivió en el nº 93 y José Simón de Uría, por Guadalajara (Nueva España), hizo lo propio en el nº 98.

Adolfo de Castro nos recuerda que no fue siempre este el nombre de la calle, sino que en 1618, desde las esquinas de Sacramento a la de Herrón (actual Hospitalito de Mujeres) se denominaba calle del Carmen (posiblemente por el nombre del Hospital) y luego pasó a llamarse esquinas de Porriño.
Más adelante, en el mismo XVII se conocería por el nombre de Pablo Legote, pintor gaditano que vivió en esta calle a la altura de Santa Inés y que fue el autor de unas banderas para la Armada. No es hasta 1678 cuando aparece con el nombre de Amargura en las actas del Ayuntamiento.
Recuerda también Adolfo de Castro que en 1800 fue escenario de un notable crimen, al ser muerto por apuñalamiento el regidor Pascual de Arteaga y Bazán, a manos de un panadero, José González, a quien había prohibido amasar. Todo ocurrió en el juzgado que se localizaba en las esquinas de Porriño.

miércoles, 18 de julio de 2012

Voces de mujer al filo del Ochocientos.

Con este título abrió Inmaculada Urzainqui el seminario «Entre el cañón y la tribuna. Españolas y Americanas en las revoluciones liberales (1808-1824)», que he coordinado junto con mi compañera Beatriz Sánchez Hita.






Su intervención tenía como objetivo explicar por qué se ha considerado el siglo XVIII -quizás algo exageradamente- como el siglo de las mujeres y es que, tras la guerra de la Independencia y el regreso de Fernando VII ya nunca volvería a ser como antes, salvo el breve paréntesis del Trienio, para las mujeres.
Inmaculada Urzainqui empezó recordando los cambios que hicieron posible, en el contexto de la Ilustración, que el tema femenino estuviera, junto a otros, en el centro del debate, que desde distintos ámbitos se reflexionara sobre el papel de la mujer y lo que podía aportar a la sociedad y al país.
Para ello, señaló Inmaculada Urzainqui tuvo que llegar una nueva dinastía, extranjera además, para que introdujera nuevas costumbres, nuevas modas y nuevas formas de pensar, que no relegaban a la mujer al ámbito doméstico, al comportamiento recatado, a la pasividad y al silencio, sino que consideraba que las mujeres tenían algo que decir, tenían que estar presentes en la sociedad y aportar su sensibilidad y cortesía. En realidad, esta consideración del sexo femenino al mismo nivel que el masculino no era nuevo pues ya el benedictino Feijoo había realizado una «Defensa de las mujeres» (Discurso XVI de su Teatro Crítico Universal, Tomo I, Madrid, 1726), en la que aseguraba que la razón no tenía sexo y que por tanto en cuanto las mujeres recibieran educación podrían usar su razón en la misma medida que los hombres; claro que siendo Feijoo un pionero en estas cuestiones no tuvo oportunidad de asistir a los debates posteriores, de los que el de mayor resonancia fue la intención que manifestaron algunas mujeres de formar parte de la madrileña Sociedad Económica de Amigos del País.
Las posturas de los ilustrados y de los socios de la Sociedad fueron variadas y los informes negativos fueron contestados por Josefa de Amar y Borbón, que ya era miembro de la Sociedad Económica Aragonesa y es que el hecho de que la petición no fuera individual sino conjunta de varias señoras hizo temblar a la concurrencia masculina, como puede leerse en los debates que recogió uno de los periódicos más importantes y avanzados del momento El Memorial Literario.  El litigio lo resolvió una Real Orden en 1787 que por "paternal" deferencia permitía la constitución, en el seno de dicha Sociedad, de un cuerpo separado, conformado por  la Junta de Señoras de Honor y Mérito -parientes por cierto de los miembros masculinos de la Matritense-, que en estas fechas contaría solo con catorce señoras de la aristocracia y que, al filo del ochocientos, tras el ingreso de las infantas Mª Luisa, Mª Victoria y Mª Josefa, llegaría a estar constituida por más de sesenta damas, que se ocupaban de las escuelas patrióticas, para la instrucción de las niñas pobres, del Montepío de Hilazas, de la asistencia a las mujeres en las galeras -cárceles- y, finalmente, de supervisar las labores de la Real Inclusa.  
Toda la labor realizada por estas damas era reseñada en una serie de memorias, de las que se hacía eco el Memorial Literario y así empezaron a sonar una serie de voces femeninas que daban cuenta de una actuación, limitada eso sí al campo de la educación, la asistencia y otras tareas filantrópicas, que incidían en la vida pública y en la mejora del país.
Lógicamente, no fueron estas las únicas voces femeninas que recogió la prensa periódica y, así, Inmaculada Urzainqui nos habló de escritoras que, como la mencionada Josefa de Amar, hicieron una incursión en la República de las Letras en campos como la poesía, el teatro, la literatura vindicativa femenina, la educación o las ciencias. Entre ellas recordó a Inés Joyes y Blake, Margarita Hickey y Pellizoni, Mª Gertrudis de Hore, Mª Rita Barrenechea o Mª Rosa Gálvez. 

viernes, 13 de julio de 2012

Frasquita Larrea y la Literatura en la era de las Cortes. El Puerto de Santa María


 













La ocupación de la península ibérica por el ejército napoleónico, la declaración de la llamada Guerra de la Independencia y la posterior convocatoria de Cortes Generales y Extraordinarias provocaron una crisis que implicó a las mujeres en un conflicto bélico que necesitaba de la colaboración total de toda la población, al tiempo que favorecieron la discusión política y el planteamiento de una serie de reformas que el obsoleto sistema del Antiguo Régimen estaba demandando.

            A pesar de que la Constitución prohibió a las mujeres entrar en el recinto de las Cortes, algunas no quisieron quedarse al margen de los debates políticos y aprovecharon los resquicios que les ofrecía el decreto de libertad de imprenta para poder manifestar y defender sus ideas.
            En este contexto surge la figura de Frasquita Larrea que, desde una inicial desatención por las cuestiones políticas, pasa a implicarse privada y públicamente, a través de cartas, proclamas y folletos.
         Esa literatura patriótica y política de Frasquita Larrea (vinculada a El Puerto por su matrimonio con Juan Nicolás Bóhl de Faber, entonces trabajador de los Duff, origen de la bodega Osborne) será el objeto de mi charla del viernes 13 de julio en El Puerto, sin descuidar los aspectos más desconocidos de su biografía y recordar lo que como mujer y como escritora aportó a la cultura española y europea de su tiempo.
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